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MISA DE LOS VIERNES

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CASTEL ( En VOP)

LA MISA DE LOS VIERNES

Sobre todo en los últimos años, fui un devoto concurrente a la misa de los viernes, en un tiempo por atravesar una etapa mística (superada ya hace tiempo) y luego en mayor medida por otras razones no tan espirituales.
Recuerdo que el rito comenzaba los jueves a la tarde, en las dos últimas horas de preparación. Tengo grabada en mi memoria las largas filas de los pecadores que se formaban ante los confesores que traía en apoyo el Capellán en el patio Beltrán y la coreografía que ejecutaban los clérigos que caminaban acompañados por el penitente al que escuchaban la confesión en el crepúsculo temprano de las tardes de invierno. Era una imagen misteriosa y solemne, los cadetes de capotes marrones oscuros y los sacerdotes de largas sotanas negras (pocos de clergyman), todo enmarcado por las galerías coloniales de las aulas. Todavía me río de mis exámenes de conciencia, que eran el resultado de una negociación entre lo que convenía o me animaba a confesar y lo que consideraba privado, aunque había que encontrar algo digno de confesarse para ser creíble (había que incluir algo con connotación sexual ..). Nunca fui muy sincero en ese aspecto.
Al día siguiente los concurrentes a misa, éramos despertados por el imaginaria media hora antes, para lo cual había que colocar alguna señal (toalla doblada al pie de la cama) En mi caso en eso residía el motivo, el interés (no quiero decir el encanto) de ir a la misa: la posibilidad de no despertar con las luces que se prendían de improviso, el silbato estridente y el grito de ARRIBA… AL PIE DE LA CAMA… proferido por el turro de quinto. Y además: vestirse tranquilo, ir al baño solo y no corriendo con toda la sección y sin apuro hacer la cama de los viernes, la cuadrada, la más linda de la semana porque era sinónimo de viernes y de salida (las otras eran deshecha, redonda, de dormir, había otra??, quién y cómo decidía cual se hacía cada día???).
La misa en el Salón de Actos, en penumbras, todos de pie. Un cierto ambiente de monasterio, salvo por los bostezos de más de uno. Misa corta de media hora y por lo tanto el Capellán cuando no oficiaba leía textos o pronunciaba el sermón sin interrumpir, Y por supuesto con la música que reproducía el grundig. El clásico, según me acuerdo, era la tocata y fuga de Bach para órgano.
Finalmente, llegábamos antes que los demás al comedor y esa era otra de las ventajas de ir a misa los viernes, ya que nos permitía cambiar las facturas que ya estaban en el platito sobre la taza, eligiendo las preferidas, en mi caso los pan de leche.
En fin, la misa de los viernes me gustaba: porque era los viernes (otro día no hubiera ido), porque podía levantarme tranqui y después cambiar las facturas del desayuno. Muy espiritual no?
Castel en VOP