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CAPÍTULO 9

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CAPÍTULO 9

EL CHALTEN PRIMERA PARTE

Nos llevó cerca de 5 horas  realizar los casi 240 kilómetros que separan El Calafate del Chaltén. Partiendo algunos minutos pasadas las 8.00,  llegamos a las 13.00 horas. Al subir al micro un aroma extraño invadía al pasajero desprevenido. Pensando que esa desconocida fragancia provenía del pasajero más próximo, nos cambiamos un par de veces de asiento. Pero no hubo caso el miasma había impregnado todo el micro. Claro, inmediatamente después de acomodarnos pudimos leer un cartel que advertía sobre como no incrementar los efluvios: Prohibido quitarse el calzado.

En el viaje de ida realizamos tres paradas. La primera una parada técnica a mitad de camino en un paraje llamado las Leonas, donde se encuentra una modesta hostería a orillas del río que lleva el mismo nombre. La segunda fue a orillas del Lago Viedma para ver desde lejos el glaciar Viedma y la tercera, antes de entrar al pueblo, donde unos voluntarios nos dieron una charla sobre como prevenir incendios.

Una cosa que hay que tener en cuenta es el gran tamaño de los lagos por estas zonas. Casi 90 kilómetros de los 240 fueron hechos bordeando la orilla norte del Lago Viedma.

El Chaltén es un pueblo que fue creciendo sin mucha planificación. En principio es incómodo para el turista. A nosotros nos habían dicho: “El Chaltén son dos manzanas” pero al llegar nos encontramos con algo muy distinto. Al ingresar hay dos o tres manzanas donde hay un pequeño centro comercial con hoteles, restaurantes, agencias de turismo, un polideportivo y pequeños supermercados. Cabe aclarar que esas manzanas no están totalmente edificadas y hay grandes terrenos baldíos. Luego viene  una franja de 600 o 700 metros donde se ve una hostería por acá, otra más allá y mucha piedra, polvo y viento. Una vez atravesado esa tierra de nadie hay otro pequeño centro comercial más nuevo donde hay más restaurantes, agencias de turismo, un supermercado y el hotel que hace las veces de terminal de ómnibus.

Esto de tener dos pequeños centros a casi un kilómetro uno del otro presenta más de un inconveniente. Uds. dirán pero El Chaltén es la capital del trekking y por lo tanto hay que caminar. Pero hay momentos en que uno precisamente no tiene ganas de caminar. Por ejemplo: al arribar al pueblo el micro nos dejó en la otra punta y casi tuvimos que acarrear las valijas por esas calles poco propicias. Por suerte pudimos conseguir uno de los 2 taxis que hay en El Chaltén. A la noche, cuando ya estás bañado y cambiado no es nada agradable atravesar esa tierra de nadie para ir a cenar e impregnarte de polvo o agua.

Pese a ser un pueblo nuevo, tampoco existió un criterio uniforme de edificación. No existe una arquitectura harmoniosa y se puede encontrar de todo, lo cual no lo favorece.

El clima es mucho más frío que en El Calafate, ya que estás más cerca de la cordillera. También sopla bastante el viento, levantando mucho polvo lo que no lo hace nada propicio para aquellos que usan lentes de contacto.  

Esa tarde nos dedicamos junto con Eduardo y Gabriela a realizar una investigación de mercado por las distintas agencias de turismo para decidir que haríamos los próximos días y de paso recorrimos un poco el lugar. Luego nosotros retornamos al hotel para descansar mientras los Fares hicieron una caminata hacia una cascada llamada El chorrillo del Salto.

Al día siguiente nos dirigimos hacia una hostería llamada El Pilar, distante a 20 km del pueblo. Esta hostería la tomaríamos como base para casi todas nuestras excursiones.

Allí Eduardo, los chicos y yo nos enganchamos en un tour que proponía una serie de ejercicios y divertimentos de montaña, mientras que nuestras esposas se dedicarían a caminar por el bosque y disfrutar de la hostería y su entorno.

Provistos de arneses y cascos comenzamos una caminata por el bosque conducidos por 4 guías, cuando comenzamos a ascender en forma bastante empinada, Marta y Gabriela continuaron su paseo por un camino sin tanta pendiente. Después de más de media hora de ascenso tuvimos que trepar por unas rocas que no presentaban una gran dificultad, digamos que para ir tomando contacto con la escalada. Luego vino la primera tirolesa. Al ver el vacío, la primera vez te impresiona bastante, pero ya no había punto de retorno. Nos enganchamos el arnés y empujándonos con los pies sobre la roca para tomar envión nos lanzamos. Fue la primera cuota de adrenalina de la mañana.

A todo esto el día se presentó soleado y mientras avanzábamos pudimos apreciar los distintos cerros, entre ellos el Fitz Roy y el Poincenot.

A continuación los guías nos presentaron el primer juego de montaña. Debíamos subirnos todos a una roca de más de 3 metros de altura por nuestros propios medios. Con nuestra ayuda los chicos subieron fácilmente. Pero el problema fuimos nosotros dos. Con la ayuda de Eduardo y la complicidad de un guía pude subir, pero con Eduardo no hubo caso.

Seguidamente se sucedieron una variedad de pruebas. Primero enfrentamos una segunda tirolesa que desembocaba en el escalón más alto de una escalera de troncos de 5 metros. Los peldaños estaban bastante separados entre sí. Al descender esa escalera debíamos subir por un tronco inclinado  hasta la copa de un árbol. Una vez en la copa debimos atravesar un puente tibetano hasta la  copa de otro árbol. El puente tibetano es un puente que tiene como base una suerte de elástico de no más de 15 cm de ancho y como baranda de un solo lado un caño de alambre donde se engancha el arnés. El desplazamiento es en forma lateral. Una vez atravesado el puente nos lanzaban al vacío en una caída libre de 5 metros hasta quedar acostados en el piso. Luego continuamos la caminata por el bosque hasta llegar a un paredón bastante alto donde debimos practicar escalada y descender haciendo rappel. Aquí mi rodilla izquierda  dijo “no” y esta prueba la tuve que pasar por alto. En cambio Eduardo la realizó sin ningún tipo de dificultad.

El descenso hasta la hostería nos llevó una media hora y allí dejamos los arneses y nos montamos a unas mountain bikes que nos estaban esperando. Con ellas recorrimos durante veinte minutos un camino de ripio hasta llegar a un remanso en el río donde nos aguardaba el gomón con el que desafiaríamos los rápidos del río de las Vueltas. Nos colocamos los salvavidas y tomamos ubicación en el bote. Eduardo y yo por ser los más grandes adelante, los chicos en el medio y dos guías atrás. Al principio el río se presentó calmo, pero no tardaron en aparecer los rápidos y las rocas que había que esquivar. Por momentos había que remar hacia un lado para no chocar con las rocas y luego hacia el otro lado cuando en una curva debíamos apartarnos de la orilla y seguir el curso del río. Era en esos momentos cuando tronaba la voz del guía que decía: ”Remen, vamos remen”  Y yo a esa altura ya no daba más con mi humanidad y no veía la hora de que todo esto llegara a su fin.

Finalmente en un recodo del río nos detuvimos donde nos aguardaba el transporte y nuestras esposas que a esa altura no sabían que porcentaje de sus maridos les iban a devolver.

Al finalizar este curso intensivo de comando los chicos estaban fascinados. Nosotros...REVENTADOS.

No me alcanzaron las cuatro horas de siesta para recuperarme de esta megatlón matutina. En cambio Eduardo a las dos horas ya estaba dando vueltas por el pueblo.

Pese a ser un pueblo chico, El Chaltén tiene variadas y muy buenas ofertas gourmets.

Por la noche nos dirigimos  a Bahía Túnel, que se encuentra sobre el margen del Lago Viedma y a unos 25 kilómetros de El Chaltén. Este restaurante cuenta con un pequeño embarcadero desde donde parte la nave que te lleva a visitar el glaciar Viedma.

Llegamos al atardecer y previo a la cena recorrimos un bosque lleno de frutales. El lugar tiene unas pocas mesas, todo de madera y de estilo rústico. Tiene grandes ventanales desde los cuales apreciamos los distintos colores del cielo y del lago de ese magnífico anochecer.

La comida una delicia. Primero nos trajeron una hogaza de pan casero recién horneado junto con patés preparados por los dueños de casa. La especialidad es el goulash, pero también resultaron muy ricos un strudel de cebolla y queso y unos ñoquis recién amasados.

Los postres muy originales y prácticos, ya que partiendo de la misma masa como base te iba preparando tartas que podían ser de frutillas, damascos u otras frutas.

Finalmente, luego de probar un guindado local retornamos en medio de la noche cerrada pero acompañados durante un buen trecho del camino por más de una media docena de liebres.  

 

 

                                                                      ADOLFO GIRALDO