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CAPÍTULO 8

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CAPÍTULO 8

TAPI AIKE

 

El miércoles 29 de enero emprendíamos lo que supuestamente sería un viaje rutinario de regreso a El Calafate, pero esta Patagonia inagotable nos haría vivir una nueva experiencia.

Temprano en la mañana comenzamos a desandar el camino del parque Torres del Paine. Nuevamente aparecieron los lagos, las cascadas, los guanacos y hasta el sol. Todos quisieron despedirnos y dejar el mejor de los recuerdos en nuestra memoria.

Tampoco nos vamos a olvidar de los caiquenes y su particular relación entre machos y hembras. Nos contaba nuestro guía Hugo, en el micro que, cuando el macho enviudaba le permanecía fiel a su pareja y no se volvía a juntar. En cambio la hembra al quedar viuda se juntaba con el macho más joven del grupo. Semejante comentario provocó ululares al estilo bereber y ruidosos aplausos de nuestras esposas y de todas las demás mujeres que viajaban con nosotros.

Al llegar a Cerro Castillo muy a mi pesar, debido a los precios, tuve que cargar nafta. Ya en la agencia me habían dicho: “Donde hay nafta cargue, porque no se sabe si en el próximo surtidor encontrará combustible”.

Primeramente pregunté dónde estaba el surtidor y me indicaron que tenía que entrar en este pequeño pueblito, seguir unas cuadras, doblar a la derecha y allí lo encontraría. Hice todo lo indicado pero el surtidor no aparecía en cambio me topé con un galpón donde un peón estaba arreglando un tractor. Al preguntarle me contestó que lo tenía delante de mis ojos.

Claro que en estos lugares aislados, ventosos y de calles anchas el surtidor está camuflado dentro de una garita o cabina telefónica. Luego hay que ir a buscar al encargado de prestar este servicio que normalmente vive en las inmediaciones. Me dirigí hacia una casa que se encontraba a unos cien metros y una ama de casa que estaba realizando sus tareas domésticas (planchando) dejó de hacerlo para dirigirse hacia el surtidor. Dentro de esa garita se encuentran todas las mangueras de los distintos combustibles, que son barajadas por el empleado de turno como si fueran un mazo de cartas. Tenés que pegar el auto al agujero por donde sale la manguera, porque éstas son más bien cortas. Todas estas precauciones y maniobras tienen una única razón: el viento. Para pagar te dirigís a otra diminuta casilla donde tiene la máquina calculadora. Todo un proceso.

Al salir del pueblo  pregunté por el paso fronterizo  Carreras que está más al norte que el paso La Laurita y más cerca de El Calafate. La aduana estaba en el mismo pueblo y después de realizar rápidamente los trámites de rigor nos levantaron la barrera y nos dieron paso. La Argentina estaba ahí nomás. Grandes cráteres en el camino junto a filosos cascotes nos daban la pauta de que ya estábamos nuevamente en territorio nacional.

Una mezcla de rabia, bronca e impotencia te da al ver el prolijo ripio chileno, cuando no el asfalto,  en contraste  con estas grandes cavidades que presentan nuestras rutas. ¿Por qué tanta desidia en una provincia tan rica y tan desaprovechada? Pero no me voy a meter en estas comparaciones argentino-chilenas que tan exhaustivamente vienen analizando últimamente el Obús y Eduardo Muzzin.

Los tiempos se me habían adelantado. No esperaba llegar tan temprano a nuestro país. Haciendo cálculos almorzaríamos a la una en Esperanza y pasadas las 15.00 horas llegaríamos a El Calafate y hasta tendríamos tiempo de visitar con los Fares las Cuevas del Gualicho.

Pero un inesperado cartel en el cruce de la ruta nacional 40 y la provincial 7 nos invitó a desviar nuestro rumbo.

“TAPI AIKE, Posada y casa de té” se podía leer en el mismo. Como eran las 12.30, le pregunté a Marta si quería almorzar, total si es una casa de té algún sándwich tendrán.

Marta aceptó el convite y así impensadamente comenzó nuestro turismo de estancia.

Seguimos los carteles y de pronto nos encontramos en uno de esos pueblos estancia que de tanto en tanto aparecen en la Patagonia. El establecimiento tenía más de 15000 hectáreas y según sus dueños no habían sido favorecidos en el reparto familiar de bienes ya que la consideraban chica.

Lo primero que vimos fue una coqueta casa de madera y techo de chapa muy colorida, que debería ser la hostería,  protegida del viento por un doble cordón de álamos y rodeada de hermosas plantas. Abrí la puerta y me encontré con un hermoso y antiguo living lleno de fotos de principio de siglo XX, sillones y sofás sobre los cuales había tendidas mantas de lana artesanales. De pronto apareció una señora de unos 65 años de edad, que resultaría ser la anfitriona. Le pregunté si podíamos comer algún sándwich. Me preguntó cuantos éramos y que no tenía inconveniente en prepararnos un almuerzo cuyo costo sería por persona US$10. Después de  los astronómicos precios del Paine 10 dólares por persona no me pareció tanto si tenemos en cuenta que el precio incluía una visita por el establecimiento.

Los anfitriones resultaron ser Victoria Braun y Enrique Viel un matrimonio sexagenario, que se ve que estaban un poco aburridos y por lo tanto con muchas ganas de charlar.

Luego de pasar a un impecable baño donde no faltaba ni un solo detalle pasamos al comedor donde nos sirvieron una sopa de cebollas, carne de oveja con papas y ensaladas y como postre un scrumble de manzanas. El café con masas lo tomamos en el living y allí comenzó una tertulia de casi una hora de duración que fue muy provechosa y esclarecedora.

El tema de la lana obviamente dominó la conversación. Primero el tema de los precios:  hasta no hace mucho tiempo pagaban tan poco que el establecimiento no era rentable. Recién ahora comenzó a reactivarse y  con lo que obtienen están volviendo a invertir en obras o equipamiento. En cuanto a los esquiladores en su mayoría son entrerrianos o correntinos que viajan en comparsas (sucesión de maquinarias agrícola-ganaderas) . Generalmente viajan en unos micros viejos que no están habilitados y razón por la  que casi siempre sus dueños terminan detenidos y el vehículo demorado.

También nos enteramos de que lo más difícil para esquilar es el carnero. Es más mañero, no es dócil como las ovejas y tienen que hacer mucha fuerza para sostenerlo. La paga también es mayor.  Nos pareció curioso cuando nos comentó que a las ovejas les esquilan los ojos como quién se corta las cejas en la peluquería.

El tema de la nieve tuvo también su lugar. Ellos dejan la estancia con la segunda nevada, que generalmente se produce en junio y retornan en la primavera. Durante la gran nevada de 1995, era tal la nieve acumulada que caminaban por los techos de los galpones y demás construcciones de la estancia.

Otro tema es el de las distancias. A mí me interesaba saber dónde se aprovisionaban. Me dijeron que las compras las hacían una vez por semana en los supermercados de Río Gallegos, pero claro Gallegos está a 280 kilómetros  de Tapi Aike.

Al día siguiente tenían previsto recibir para un almuerzo a 18 turistas extranjeros. La dueña de casa iba a preparar empanadas. Para ello su hija iba a venir a ayudarla ya que estaba casada con un estanciero de la zona. El detalle era que la hija vivía a 300 kilómetros de distancia. Así es que entre ida y vuelta iba a recorrer la misma distancia que separa a Buenos Aires de Bahía Blanca, todo sea por ayudar a la madre a cocinar.

De pronto le pregunté a Victoria si manejaba, me respondió que sí.” ¿Y si pincha una goma que hace?” “El problema no es pinchar una goma, sino que se te quede el auto” me respondió. Y entonces me contó de una noche que volviendo de Punta Arenas hacia Tapi Aike, en todo el recorrido no se le cruzó ni un solo auto. Tal fue el susto que se pegó, y eso que ellos están acostumbrados a las desolaciones patagónicas, que nunca más repitió la experiencia.

Hablamos sobre Río Turbio y fue Enrique el que me explicó sobre los carteles y sus personajes que tan mala impresión nos habían causado. Por otra parte nos comentaron que conociendo los médicos Río Turbio presta buenos servicios en ese aspecto.

También quisieron saber el porqué de este largo viaje en micro. Y fue así como les conté lo de nuestra vuelta olímpica, del decreto del general Balza, de los milagros de internet y del esfuerzo de Carlos, Rubén y el Tano para juntarnos a todos. También le comenté del viaje que habían realizado hace dos años a la provincia de Jujuy un grupo de nuestra camada para reencontrarse con nuestros compañeros del norte.

Luego de mostrarnos un book que un fotógrafo aficionado a cambio de alojamiento les había hecho, recorrimos los aposentos de la hostería. Parecían salidos de la revista Lugares.

Haciendo frente a un fuerte viento comenzamos a visitar el establecimiento propiamente dicho. Una al lado de otra se iban asomando las distintas viviendas: la oficina, la despensa, el palomar (porque hasta no hace mucho tiempo las comunicaciones se realizaban con palomas mensajeras) y el galpón de esquila donde nos detuvimos un buen rato para ver las maquinarias y los fardos de lana.

Antes de emprender la partida degustamos un nuevo café en el living y una vez revisados el agua y el aceite del auto nos despedimos del matrimonio Viel

Por consejo de nuestros anfitriones en vez de tomar la ruta más larga pero asfaltada, tomé la más corta pero de ripio. Me decía Enrique:” Es mucho más pintoresca, además está en bastante buen estado”. Por lo tanto me interné nuevamente en la inefable ruta 40. Sin duda resultó ser más pintoresca ya que estaba circundada por algunas elevaciones y de tanto en tanto se nos cruzaban ovejas esquiladas. Pero lo único que se nos cruzó en una hora de recorrido fueron ovejas esquiladas. Ni un ser humano, ni una mísera construcción. Además el camino era un serrucho constante y con grandes cascotones. Por momentos no podía superar los 20 kilómetros de velocidad. A los veinte minutos comencé a mirar el cuenta kilómetro para cotejar la distancia con el último atisbo de vida humana por si las moscas.

Para colmo solo llevaba una rueda de auxilio. Siempre me decían si salís por las rutas patagónicas tenés que llevar 2 ruedas de auxilio, pero en la agencia se habían olvidado la segunda rueda en Río Gallegos lo mismo que el manual. Tampoco llevaba siquiera alguna mermelada artesanal para que cumpliera su segunda función (además de untarla en tostadas) como sellador de tanques de nafta. Pero por suerte nuestro furgoncito, así habíamos bautizado a nuestro Renault Kangoo, era bastante alto y pocos cascotes lo golpearon.

Durante la primer hora no se cruzó nadie ni en dirección sur ni en dirección norte. Recién a la hora apareció el primer auto y en dirección contraria a la nuestra. Tenía patente chilena y al volante una mujer. Pensé que sería alguna turista despistada o mal informada. Recién al aproximarnos al asfalto aparecieron algunos autos, pero no más de cuatro.

Finalmente a eso de las 18.30 horas y después de haber manejado más de 1300 kilómetros durante estos cuatro días llegamos a El Calafate donde nos reencontramos  con el matrimonio Fares con quienes emprenderíamos la tercera y última etapa de nuestro viaje.

 

 

 

                                                                     ADOLFO GIRALDO