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CAPÍTULO 7

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CAPÍTULO 7

TORRES DEL PAINE : UNA INTOXICACION DE PAISAJES Y ANIMALES

 

Ya me habían dicho que los precios en el parque eran mucho más caros que en Puerto Natales Hasta el combustible tenía un precio superior. Por lo tanto tratamos de llevar algunas provisiones al menos para los almuerzos.

Y así fue como dejamos Natales, donde  había un solo lugar que hacía el café expreso, el cual cerraba a las 21.00 horas. También atrás quedó el restaurante “El marítimo” en cuya carta se podía leer la siguiente leyenda:”Si sale el sol aprovéchelo, si llueve o hay viento recuerde que está en la Patagonia”.

Nos llevó una hora de buen ripio llegar hasta un lugar llamado Cerro Castillo, luego otra hora más hasta la entrada del parque y casi otra hora y media hasta llegar hasta nuestro hotel. Claro está que en este último tramo hubo varias detenciones debido a los distintos paisajes que se nos iban presentando.

Unos cuantos kilómetros antes de entrar al parque comenzaron a aparecer los animales sueltos. En los dos días que estuvimos en el Paine habremos visto no menos de 1000 guanacos. Y cuando digo 1000 no exagero en lo más mínimo.  Al mejor estilo de las reservas sudafricanas, en cada curva que presentaba el camino no sabíamos con qué nos íbamos a encontrar. De pronto eran 30, otras veces 50, ya sea a los costados del camino o cruzándolo, y otras hasta 150. No solo se veían guanacos con sus chulengos sino que también choiques (ñandúes) con sus crías, aunque éstos en menor cantidad. De pronto, un zorro se nos cruza delante del auto.

El día se presentó despejado y desde lejos comenzamos a ver las torres y otros cerros nevados. Al entrar al parque comenzaron a aparecer los distintos lagos de diversas tonalidades y también hicieron su aparición las distintas aves que los pueblan. Cisnes de cuello negro, flamencos y gran cantidad de caiquenes (especie de patos) entre otros despertaron nuestra curiosidad. Lo que más llamaba la atención era la proximidad de todos estos animales.

Las torres, los cuernos del Paine y los cerros nevados daban un marco imponente a estos paisajes. Durante el recorrido tuvimos estupendas vistas de las torres y bien de cerca. Continuando el camino surgieron cascadas, penínsulas que sobresalían sobre los lagos donde estaban ubicadas estratégicamente hermosas hosterías. Se pueden imaginar que ante tanta belleza el recorrido fuese lento para llegar a nuestro alojamiento.

Nos alojamos en unas cabañas ubicadas en uno de los extremos del parque y bastante alejadas. Para acceder a las mismas tuvimos que dejar el auto en un  estacionamiento al aire libre, luego cruzar caminando un puente de madera, donde los caiquenes saltaban del río a las barandas, y del otro lado nos esperaba un transporte (4 x 4) que por un camino muy precario nos condujo finalmente hasta las cabañas.

El lugar, ideal para aquel que quiere estar lejos del mundanal ruido, o quien quiera aislarse para escribir o  leer un libro, o simplemente meditar. Estábamos al pie de un cerro sobre un río de color turquesa y como fondo las torres del Paine.

Mis hijos, que son también hijos de ciudad y de la TV, estaban  desconcertados  y un poco asustados ya que  cortaban la luz un rato por la tarde y después de la medianoche. El hecho de pasar la noche a oscuras no les hacía mucha gracia, así es que por las dudas juntaron las camas.

Aprovechamos la hermosa vista que teníamos desde nuestra habitación para almorzar mirando las torres.

Por la tarde nos dirigimos en auto (piensen que aquí las distancias son grandes) al lago Grey, donde flotan témpanos de hielo y desde su playa emprendimos una caminata de dos horas de duración hasta un mirador desde el cual pudimos apreciar desde lejos el glaciar del mismo nombre.

Si todo esto que les he contado solo ocurrió en un lapso de 12 horas y en una extensión de 200 kilómetros bien puedo decir como al principio que nos intoxicamos de paisajes y de animales.

Para que tengan una idea aproximada de cómo se formaron estas torres y sus cuernos les voy a dar una sucinta explicación. Hace millones de años se formó una capa de roca bajo la que, más tarde, se  introdujo el magma. Cuando el magma se enfrió se formó el granito. Luego presiones tectónicas elevaron el macizo. Durante la época glacial cubrieron el macizo menos las cumbres y al desplazarse los hielos socavaron la roca. Por eso lo que hoy se de los cuernos ( que son 2) y de las torres (que son 3) son cerros pelados como si los hubiesen descascarado y de un color gris, pero que en las cumbres tienen un color totalmente distinto (marrón oscuro) lo cual los hace tan peculiares. Estos cerros que no estaban nevados estaban a su vez rodeados por otros cerros que si lo estaban.

El parque en si es de una gran extensión y tiene más de 400 kilómetros de caminos dentro del mismo. No existe un centro comercial, donde puedas comprar souvenirs y fast food.

Lo que hay son hosterías y bastante distantes unas de otras. De pronto podés encontrar un kiosko al lado de una hostería o en uno de los accesos al parque pero solo para comprar lo indispensable. Existe un solo almacén muy precario que ocupa lo que un cuarto de hotel.

Por lo tanto el pasajero está un poco prisionero de la hostería que le tocó en gracia y de sus precios. Para nosotros los argentinos, con el dólar 3 a 1 los precios eran escandalosos. En el albergue más barato del parque donde los mochileros dormían en cuartos para 6 personas el menú económico costaba US$ 11 sin bebidas, es decir más caro que una comida en el Hilton de Buenos Aires. El acceso al parque nos costó para los cuatro $120 , más de lo que pagamos en todos los parques de la Patagonia que habíamos visitado. Había caballos para alquilar pero a un costo de US$ 15 la hora lo dejamos para mejor ocasión .Para realizar un paseo en barco de 3 horas por el lago Grey para ver el glaciar había que desembolsar US$ 60. En nuestro hotel el menú económico costaba US$18 pero compartiendo los platos que eran abundantes pudimos bajar un poco los gastos. Con el dólar uno a uno no hubiese incidido tanto pero hoy por hoy para nosotros estos precios son exorbitantes.

El día siguiente amaneció nublado. Nosotros habíamos dejado las cortinas  abiertas para ver las torres de color anaranjado al amanecer, pero no pudo ser. Cambiamos de planes y en vez de realizar una larga caminata para ver bien de cerca  las torres decidimos tomar el auto y recorrer los distintos caminos del parque.

Primero visitamos algunas hosterías, entre ellas el hotel Explora. Ubicado en un lugar privilegiado, este hotel despierta el asombro del visitante y más aún de todo arquitecto curioso de su profesión. Está apoyado sobre una península al pie del cual corre una cascada. Está de frente a un lago y como fondo tiene a las torres. La forma es la de un barco y su interior, todo en madera, me hizo acordar mucho a los diseños que realiza Frers para sus embarcaciones.

Desde el restaurante se aprecia la cascada, y todas las habitaciones, como si fueran camarotes de barco dan hacia las Torres , lo mismo que los salones de estar.

Luego nos dirigimos a visitar una cascada más grande y luego solo con Matías realizamos una caminata de hora y media para ver un nuevo lago y más de cerca las torres. En ese momento hizo su aparición la lluvia así es que el paseo fue un poco pasado por agua, lo cual no impidió que turistas alemanes con un bebé iniciaran un picnic bajo el chaparrón en el punto panorámico. Volvimos totalmente empapados y tuvimos que descartar las remeras  ya que al estar tan mojadas atentaban contra nuestra salud. Comimos en el auto nuestro picnic y continuamos nuestro periplo hacia otra hostería distante a una hora de donde nos encontrábamos. Como queríamos consumir algo caliente optamos por tomar un té. Y nuevamente los precios dolarizados hicieron su irrupción. Tres tés , un café y tres pedazos de torta nada apetecibles nos costaron $70. Creo que fue el té más caro de mi vida. Aprovechamos el fuego del hogar de la hostería para secar nuestras camperas y pantalones.

De pronto salió el sol y con él bordeamos por unos cuantos kilómetros el río Paine, visitamos sus fuertes cascadas y un cañón  en cuyo lecho continua el río hasta la laguna Azul. De regreso visitamos la laguna Amarga y después de más de 10 horas de andar llegamos extenuados al hotel.

Al día siguiente poco antes de partir en nuestro hotel un grupo de norteamericanos y alemanes mayores de 60 años se preparaban con sus bastones para realizar una caminata de más de 6 horas de duración hasta las torres.

Con mucho pesar tuvimos que dejar ese lugar paradisíaco, nos quedaron muchos paseos por hacer, sobretodo caminatas pero estábamos escasos de tiempo y también de dólares.

                                                                        ADOLFO GIRALDO