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CAPÍTULO 4

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CAPÍTULO 4

EL CALAFATE

La  llegada a Calafate no fue precisamente un dechado de organización. Una hora antes de arrivar el guía nos informó que nos iba a distribuir en 5 hoteles, cuando lo lógico eran 2.

En la agencia de Buenos Aires cuando había osado pedir alguna información detallada sobre horarios, me respondían:”Pero señor, esto es la Argentina, no me pida precisiones”. Y aquí en este aspecto y en otros la falta de comunicación se notó.

Ya en la parada anterior, Río Grande, también nos habían cambiado los hoteles, dividiendo al grupo de 40 en dos, solo fuimos al hotel originalmente asignado para cenar.

Que te modificaran el hotel en Río Grande, donde solo dormiríamos una noche no importaba tanto pero en el Calafate era donde más noches ibamos a pernoctar en todo el viaje. Entonces sí el tema del alojamiento cobraba cierta importancia.

No sé si por problemas de saturación de la plaza o por problemas de organización, algunos pasajeros se vieron beneficiados al ser alojados en hoteles de mucha mayor categoría que la que tenían prevista.

De pronto la llegada a El Calafate se convirtió en una especie de reality show, para ser más preciso en El Gran Hermano. Cuando nos deteníamos delante de cada hotel el guía convertido en una suerte de Soledad Silveyra con cara seria y con no poco suspenso nombraba a los nominados a abandonar la casa (porque a esta altura el micro se había convertido en nuestra casa ya que habíamos pasado más horas allí que en cualquier hotel de todo el trayecto). Si el micro se detenía delante de un hotel 4 estrellas todos cruzabamos los dedos para ser nominados. Los elegidos desfilaban por la pasarella (el pasillo del micro) y recibían en vez de aplausos grandes abucheos que ocultaban nuestra bronca por no haber sido de la partida. Ana María, por ejemplo consideró que ella debía ser nominada para el Kosten Aike ( en verdad los Tramutola se hubiesen mercido Los Notros por el esfuerzo que hicieron por este viaje) pero a veces el voto del público es impredecible.

Hubo algunos pasajeros que durmieron las tres noches en 3 hoteles distintos, eso sí sin bajar de categoría. Imagínense Uds. llegando nosotros en nuestro humilde micro a esos hoteles que tenían estacionado en sus puertas una variedad de 4 x 4 último modelo. Realmente era un quemo bajarse de semejante vehículo en un hotel tan paquete. Nosotros a propósito le gritábamos al chofer que parara bien en la puerta para incinerar a los pasajeros que descendían. Todo hecho con muy buen humor y buena predisposición por parte de todos.

El micro en el cual viajábamos, cómo describirlo, se me hace un poco difícil. Se acuerdan del auto que usaban los Beverly ricos, medio desvencijado, lleno de cosas pero resistente como un Ford T. Digamos que es el micro que hubiesen usado los Beverly pero que no tuvieron.

Al estar albergados en hoteles tan dispares se presentaron situaciones variopintas. Los que estaban en los de 4 estrellas, maravillados por las habitaciones. Nosotros, que estabamos en un hotel de categoría intermedia teníamos todas las noches un show diferente en el restaurante, pero también sucedió una noche que nos sentamos a cenar y tímidamente el mozo nos dijo que todavía no habían venido a pagar nuestra cena así que teníamos que esperar. Al rato vemos por los ventanales al guía corriendo por la calle que venía a solucionar el inconveniente.  Los que estaban en el Kapenke se quejaron de las habitaciones y de algunas comidas.

Después de detallar estas vicisitudes organizativas vayamos a El Calafate.

El Calafate es una villa ciento por ciento turística. Es un pueblo encantador, lleno de gente linda. Hay muchos extranjeros que se hacen notar más en el único locutorio con internet  que tiene el pueblo. Tiene una calle principal con un montón de negocios de artesanías, restaurantes y cafés que son una invitación para los ojos y para el paladar. Siempre hay algún rincón por descubrir, una vinería donde degustar buenos vinos, el taller de un artesano de la zona, un lugar enclavado al fondo de un encantador paseo de compras al aire libre de madera donde podés tomar mate, una acogedora hostería con su jardín lleno de flores, una pizzería super tentadora con su horno de piedra o simplemente un tranquilo café donde tomar un buen expresso. Sin duda es una de las mejores villas turísticas del país.

Dos días y tres noches no fueron suficientes para poder disfrutarla a pleno.

Al día siguiente nos tocó la visita al glaciar Perito Moreno que se encuentra a unos 80 kilómetros del pueblo. Después de más de una hora en micro entramos al Parque Nacional, pero el glaciar se hace desear, no aparece nunca hasta que de pronto en una curva  apreciás una de sus paredes, la que se ve desde el hotel Los Notros, que es distinta a la que se ve desde las pasarelas. Hacia allí nos dirijimos.

El clima no podía ser peor, viento, frío y una garúa que con el correr de los minutos se transformaba en lluvia más que molesta. Pese a estos avatares del tiempo tratamos de recorrer en silencio para estar atentos a los desprendimientos que a cada rato se producen.

Reconozco que lo del silencio le costaba mucho a las mujeres, pero sino lo hacés, un instante que te distraes y no ves la caída de los bloques de hielo. Nosotros vimos pequeños desprendimientos que igualmente producen un ruido muy fuerte y es un espectáculo único, pero los Fares, tres días más tarde tuvieron la enorme suerte de presenciar un gran desprendimiento. Dicen que fue muy emocionante, el público aplaudía y gritaba bravo.

Después de casi una hora y media de estar frente a esa mole de hielo surgieron tres opciones para el grupo. Te podías quedar mirando el glaciar hasta la hora de regreso, o tomar una miniexcursión en barco para ver de cerca una de las paredes del glaciar o bien hacer trekking sobre el glaciar. Marta y los Frascino optaron por la navegación. Los chicos y yo fuimos a hacer el trekking. Primero nos trasladaron hasta un puerto cercano donde abordamos una pequeña embarcación. El tiempo seguía siendo espantoso. Después de cruzar a la otra orilla nos recibieron los guías y en pocos minutos más comenzamos a realizar una caminata por el bosque hasta acercarnos al glaciar. Un poco antes del glaciar había una playa donde nos dieron una charla sobre los distintos tipos de glaciares y las últimas instrucciones antes de calzarnos los grampones. Por suerte la lluvia cesó y eso contribuyó mucho a que el paseo fuera muy agradable. Una vez que tuvimos los grampones puestos comenzó la caminata. Al principio nos movíamos con mucha cautela pero una vez que le agarrás la mano vas tomando confianza. La técnica para descender es la de apoyar el pie en su totalidad, ni la punta ni el taco. Cuando vas a apoyar todo el pie te da la sensación de que te vas a caer, pero no, el mismo grampón te sostiene, en definitiva es lo único que te sostiene.  La caminata no fue muy liviana que digamos, primero trepamos bastante y llegamos a una considerable altura. Allí hicimos una pausa para apreciar el paisaje, luego comenzó el descenso pero cuando creíamos que allí se terminaba todo, volvimos a subir nuevamente para ver algunas cavernas muy azules en medio de unas grietas. Todo culminó con un vaso de whisky refrescado con hielo del glaciar.

Finalmente nos quitamos los grampones y retornamos por un camino distinto por el bosque que tenía como fondo las paredes del glaciar. Todo un espectáculo. Ya de regreso esta vez desde la embarcación pudimos apreciar ahora sí una de las paredes del glaciar bien de cerca. Retornamos cansados y transpirados pero con la certeza de haber vivido una experiencia única.

El último día fue otro de los PUNTOS CULMINANTES del viaje.

Nos tocó en suerte realizar la navegación por el Lago Argentino para apreciar más de media docena de glaciares. Como diría más tarde Marta  terminó empachada de glaciares.

El día se presentó soleado pero terriblemente ventoso. Para embarcar teníamos que agarrarnos del pasamanos y no llevar nada suelto para que no se lo llevara el viento (anche a nosotros).

El oleaje del lago se correspondía con el viento así es que la navegación comenzó con mucho zucundum. Las caras pálidas y desencajadas no tardaron en aparecer, algunos buscaban las bolsitas para el lanzamiento por las dudas y otros pensaban en como esquivar esos lanzamientos imprevistos, sobretodo de los niños. En tanto la tripulación recorría los pasillos calmando a los pasajeros e indicando que el movimiento era solo momentáneo hasta llegar hasta la otra orilla. Y así fue, el oleaje cesó, no así el viento sobre todo en cubierta. Era todo un desafío permanecer parado y sin agarrarse en cubierta enfrentando al viento que soplaba a lo patagónico.

El primer gran glaciar que tuvimos a la vista fue el Spegazzini, que es el más alto de los que vimos. El barco lo recorrió lentamente durante casi una media hora para poder apreciarlo bien.

Luego nos dirigimos hacia Bahía Onelli donde desembarcaríamos. En el ínterin, ya eran pasadas las doce del mediodía, fue donde nos dedicamos a almorzar, siguiendo las acertadas instrucciones de nuestro guía. Pues era un desperdicio perder el tiempo comiendo en Bahía Onelli en vez de caminar y apreciar el paisaje circundante.

Y es aquí donde Daniel Frascino presidió la gran ceremonia del vino. En nuestros almuerzos en conjunto el vino era una bebida infaltable e indiscutida. Fuera donde fuera que almorzacemos, arriba del micro, en una estación de servicio, en un remoto parador o en el restaurante más lujoso de Ushuaia el tinto era un must. Así es que cual monjes de una congregación ignota Daniel extrajo LAS botellas y comenzó a ofrendar y ofrecer a los distintos miembros de su congregación el dulce elixir. Marta, por ejemplo era la Madre Superiora y como tal indicó a sus hermanas (Sor Mónica, Sor Ana María y Sor Liliana) el camino a seguir. Y así siguió el hermano Daniel ofrendando su vino a los distintos monjes y hermanas hasta  que una señora totalmente ajena a nuestro grupo ( ni siguiera pertenecía al tour) acercó su copa para recibir algo de ese tinto. Pero fue allí cuando Daniel muy amablemente le espetó:”Perdonadme hermana pero tu no perteneces a nuestra congregación así que lo lamento” y la dejó pagando y con las ganas. Todo dentro de un clima festivo que siempre reinaba dentro del grupo.

Al desembarcar en Bahía Onelli recorrimos durante 20 minutos un bosque hasta llegar a la laguna Onelli. Aquí se encuentran flotando una cantidad enorme de témpanos de distintos tamaños y luego caminando por la orilla del lago algo más de media hora te acercás a un punto donde podés apreciar tres glaciares más. Aquí me quedé sentado más de media hora en silencio y apreciando la majestuosidad de esta naturaleza virgen. El día soleado aportó lo suyo. No alcanzan las palabras, hay que vivirlo.

Luego con un dejo de tristeza y con la sensación de que el tiempo no había sido suficiente retornamos al barco. Una hora más tarde comenzamos a navegar entre témpanos como preanuncio del glaciar Upsala, el más grande de todos en su extensión. Nosotros vimos solo una parte del mismo pues su extensión alcanza varios kilómetros. 

Finalmente pasadas las 17.00 horas emprendimos el regreso que duraría unas 2 horas más.

En ese lapso pasaron algunos videos e invitaron a los pasajeros que así lo deseaban a visitar la cabina de mando de la embarcación. Pero la actividad preferida de los pasajeros durante la travesía de regreso fue la siesta. Cuellos peligrosamente inclinados, posturas insólitmente adoptadas y hasta algunos ronquidos tapados por el ruido de los motores dominaban el ambiente.

Al desembarcar el viento implacable seguía haciendo de las suyas y al subir a nuestro micro,fue tanto el reparo que nos dio, que  creo que nunca fue tan apreciado y querido como esa vez.

 

 

                                                        ADOLFO GIRALDO