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CAPÍTULO 3

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CAPÍTULO 3

USHUAIA

 

La tarde que tuvimos libre en Ushuaia, después de almorzar las exquisitas centollas con el resto de los compañeros y sus esposas decidimos encarar el Glaciar Le Martial.

El guía nos había propuesto una navegación por el Beagle, pero la encontrábamos un poco estática teniendo en cuenta los chicos, además Marta como ya dije no es muy fanática de la navegación.

Primero tomamos un taxi hasta la base de la aerosilla. En ese recorrido pasamos por los hoteles Las Hayas (Pancho nos debe una cena allí) y por el hotel Del Glaciar. Tomamos la aerosilla   por suerte sin viento y una vez que llegamos a la cima comenzamos a caminar por el bosque de lengas. El día se presentó nublado y el terreno estaba bastante barroso, no obstante proseguimos nuestro itinerario. Cuando terminó el bosque vino la turba, que es una especie de pasto mullido, saltás un poco y parece una cama elástica. Cuando se acabó la turba vinieron las rocas, cada vez más grandes y más difíciles de escalar. Llegado un momento decidimos parar y retornar porque aparecían algunas nubes que te tapaban la visual y corríamos el riesgo de equivocar el camino.

Al descender por la aerosilla pudimos ver toda la bahía de Ushuaia, el canal de Beagle y la isla Navarino.

Descendimos con un poco de frío y algo enchastrados por el barro, pero enseguida nos reconfortamos en una casa de té que se encuentra al lado de la aerosilla donde degustamos riquísimos patés de la zona, scons, panes caseros y tortas.

Al regresar a Ushuaia habíamos visto unos afiches que proponían una visita teatralizada a la cárcel  del fin del mundo. El cartel advertía que el espectáculo no era apto para menores de 15 años. Llamé por teléfono para confirmar esto último. Pensamos que representarían los distintos asesinatos que cometieron algunos de los presos de este penal y que debería ser algo truculento. Craso error.

Matías debió quedarse en el hotel mirando dibujitos y cenando con el resto del grupo, que a esta altura ya lo habían adoptado como un hijo más. En tanto Estefanía, Marta y yo nos dirigimos al presidio.

Cuando llegamos nos ofrecieron vino y gaseosas, nos hicieron quitar los abrigos y nos dieron unos trajes de presos para que nos los pusiéramos.

El traje constaba de un birrete y una chaqueta larga a rayas.

De pronto aparece un hombre que con fusil en mano nos dice que esperaba nuestra colaboración, que nosotros teníamos que hacer de presos y que nos compenetráramos en el papel. Nos hizo formar en fila india, uno detrás del otro y comenzamos a recorrer las distintas dependencias de la cárcel. A partir de ahí nos empezó a tratar como presos. Nos empezó a gritar y a insultar. Por caso nadie podía mirarle a la cara.

Después de gritarnos un buen rato y recorrer algunas instalaciones caímos en un pabellón viejo y oscuro. Ahí nos hizo formar a cada uno delante de una puerta, que obviamente daba a una prisión. Cuestión que a cada uno nos metieron en una prisión y nos tuvieron encerrados durante 40 minutos en una celda.

La celda, fría y oscura  tenía una mínima rendija en la puerta y una pequeña ventana alta.

Durante el encierro siempre a los gritos y despóticamente nos iba informando de las reglas de la cárcel y de todos los presos que desfilaron por ella.

A todo esto las instrucciones eran que tenías que quedarte de pie, de espaldas a la puerta y mirando hacia la ventana. Yo como ex cadete correcto obedecí.

Si al pasar te pescaba espiando por la ventana, cosa que le pasó a mi hija, te cagaba a pedos. Entre las cosas que nos decía “van a comer su propia mierda” y cosas del mismo tenor.

En un momento dado hubo un silencio prolongado casi de 4 minutos. Luego se sintió como si alguien trataba de escaparse de su celda y lo volvían a encerrar. O de pronto corridas y quejidos.

Después del encierro volvimos a salir y nos hizo hacer la ronda de los presos en el patio. Luego de varias vueltas nos llevó a las duchas y a las letrinas donde había un olor fétido. Ahí mi esposa que encabezaba la fila se agarró la nariz y dijo NO NO.

Ahí terminó la representación.

Fue una experiencia fuerte pero interesante. A mi me hizo recordar momentos que ya por suerte había olvidado vividos en el Liceo Militar.

Por suerte el grupo se prestó correctamente a este juego teatral y después cada uno comentaba que posturas habían adoptado dentro de la celda y sus impresiones.

Cuando nos fuimos nos dieron un certificado de buena conducta por el cual podíamos abandonar la cárcel.

Entre las curiosidades del presidio del fin del mundo se encuentra la celda donde estuvo prisionero Ricardo Rojas, el autor de El Santo de la Espada ( se acuerdan cuando el profesor Suárez nos lo hizo leer en segundo año).

El último intendente o encargado de la cárcel en la década del 40 fue el padre del conocido locutor y showman Petinato. Dicen que humanizó un poco más la prisión, les quitó los trajes a rayas de los presos e introdujo los deportes en la misma.

Una abogada penalista que estaba entre el público comentó al finalizar que hoy en Córdoba en las cárceles de máxima seguridad solo hay 1800 presos contra 1100 que tuvo la de Ushuaia en el década del 10, si se compara la población de la Argentina en ese entonces con la de ahora, saquen Uds. Sus propias conclusiones.

                                                     ADOLFO GIRALDO