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CAPÍTULO 11

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CAPÍTULO 11

EL REGRESO

 

El viaje de retorno a El Calafate fue más corto que el de ida ya que el micro hizo solo una parada. En la noche comimos en una pizzería que hacía una pizza a la piedra exquisita .

A la mañana siguiente recorrimos los negocios de la calle principal para comprar los últimos souvenirs. Pero también hubo tiempo para hacer una visita muy particular.

Eduardo y yo habíamos estado en El Calafate en 1975, o sea hace 28 años solo por un día y nos habíamos alojado en una casa de familia. Habíamos llegado en avión turbo hélice desde Ushuaia, con escala en Río Gallegos. Tal era el viento en este aeropuerto que el avioncito –se lo veía tan endeble – tomó carrera para despegar, pero una ráfaga de viento lo desplazó de la pista, tuvo que frenar con brusquedad y volver a carretear nuevamente.

Claro, nada que ver aquel pueblito polvoriento, ventoso y de calles anchas con esta confortable y moderna villa turística de hoy en día.

Eduardo, que dispuso de más tiempo en el Calafate se encargó de investigar y de encontrar la casa donde nos habíamos alojado. Finalmente preguntando y recordando algunas cosas dio con lo que hoy es un vivero a la entrada del pueblo. Sus dueños aún viven. El, 91 años y ella, 87. Se ve que el clima frío patagónico no hace mella en la salud. Fue muy emocionante charlar con ellos. Ambos muy lúcidos y de un más que envidiable aspecto físico se acercaron a la puerta y estuvimos charlando y recordando algunas anécdotas de nuestra visita anterior durante 10 minutos. Aproveché para presentarles a mi familia y contarles un poco de nuestro viaje.

Finalmente después del mediodía un minibús nos vino a recoger al hotel y nos trasladó hasta el aeropuerto. Al llegar al mostrador donde se despachan los equipajes la empleada me dice: ”Señor Ud. tiene 60 kilos de exceso de equipaje”. “Son pocos “ le respondí “Piense Ud. que he dejado en el camino un pedazo del glaciar, la imponencia del Fitz Roy, un atardecer en el Lago Viedma y cientos de guanacos en El Paine”.

Un día nítido nos permitió desde las alturas apreciar en una sucesión ininterrumpida los lagos Argentino, Viedma y Pueyrredón. Al aterrizar en Bariloche divisamos también el Nahuel Huapi, Confluencia, algunos embalses de la provincia de Neuquén y al fondo el volcán Lanín.

Al llegar a Buenos Aires el clima subtropical que se venía manifestando desde hacía unos cuantos días nos recibió con todos sus vahos y  sudores.

Lo cual nos hizo recordar un diálogo telefónico que habían mantenido mi esposa y una de mis hijas que se había quedado en Buenos Aires.

-“Querida, ¿ así que llovió en Buenos Aires y refrescó?” – “Sí mamá, la temperatura bajó de 44 grados a 38”.

Al día siguiente al salir de mi trabajo doblé con el auto en la esquina y me encontré con un camión atravesado. Como es una zona de fábricas pensé que estaría haciendo alguna maniobra y decidí retomar la colectora de la General Paz en dirección a Provincias Unidas. Al aproximarme a esta avenida comencé a ver gomas tiradas en la calle, pequeñas fogatas y a un grupo de manifestantes – no más de treinta- que habían cortado el tránsito. Eran los piqueteros. Después de 21 días ya me había olvidado de ellos. Y entonces comprendí lo del camión atravesado. Así es que pacientemente retomé mi camino y me encolumné detrás de la larga caravana que quería retomar la General Paz. Después de más de media hora cumplí mi cometido, pero en el ínterin aplique la PNL (Programación neurolinguística) y traté de fijar mi mente en algún recuerdo agradable y que me provocara placer. Inmediatamente vino a mi mente ese pinic imborrable delante del Fitz Roy  que compartimos con los Fares y allí me quedé con mi pensamiento por un largo tiempo y ni los bocinazos, los insultos y el mal humor de la gente que me rodeaba me pudieron sacar de ese rincón de la Patagonia que siempre llevaré en mí.

 

                                                F

                                                          I

                                                                    N