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CAPÍTULO 10

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CAPÍTULO 10

EL CHALTEN SEGUNDA PARTE

El sábado primero de febrero decidimos conocer la Laguna del Desierto. Si bien se encuentra a tan solo 37 kilómetros de El Chaltén se necesitan aproximadamente 90 minutos para llegar. El camino presenta muchas curvas y en su recorrido acompaña al río de las  Vueltas. Además por momentos es muy angosto y con pronunciados desniveles al pasar por zonas de derrumbe.

Al no contar con vehículo propio nos tuvimos que adaptar a los horarios de los transportes que hasta allí te trasladan. Contábamos con solo cuatro horas así que tuvimos que optar.

Nosotros elegimos navegar hasta más de la mitad de la laguna, sin descender de la embarcación. En el recorrido el barco se acercó hasta unas cascadas que vierten sus aguas en la laguna. Al regresar realizamos una caminata de 45 minutos para ver el glaciar Huemul. Se camina por un bosque siempre en ascenso. La última parte es muy empinada y hay que sujetarse de lo que se tenga más a mano, llámense troncos, arbustos, raíces etc.. Un bastón no hubiese venido nada mal. Algunos declinaron a mitad de camino al ver la pendiente. Los que iban adelante equivocaron el camino y solo pudimos ver el glaciar y no la laguna Huemul.

La Laguna del Desierto no es un lugar para nada árido como parecería darlo a entender su nombre. Está totalmente rodeada de bosques y  cascadas y debido a  las lluvias frecuentes que recibe - de hecho a nosotros nos tocó un día lluvioso - el verde de sus bosques es muy intenso. La palabra desierto en todo caso hace referencia al aspecto ictiológico  de la misma. Todos los salmónidos que abundan hoy en día en sus aguas son fruto del hombre y no de la naturaleza. En un principio la laguna estaba desierta de peces.

En cuanto a paseos hay varias opciones. Se puede realizar una caminata de 4 horas, por un camino totalmente llano y  por el bosque, bordeando la orilla este del lago hasta llegar al extremo norte. Allí se puede tomar una embarcación de regreso. También se puede navegar hasta el extremo norte de la laguna y realizar pequeñas caminatas por la zona. Todo depende del tiempo que se disponga.

Regresamos pasadas las 3 de la tarde y descansamos hasta la noche donde nos reunimos nuevamente con Eduardo y Gabriela para festejar sus 10 años de casados.

La cita fue en un local llamado Zafarrancho, donde degustamos una tabla con distintos ahumados de la zona acompañados por un muy buen vino rosado. Luego la mayoría se inclinó por las pastas que estaban bien al dente.

Durante la cena una cantante de jazz se dedicó a los blues y los spirituals con un muy buen fraseo. Claro, Uds. se preguntarán por nuestra música autóctona. Pero lo telúrico ya lo habíamos tenido en el restaurante Sancho del hotel El Quijote en El Calafate, donde zambas, chacareras y hasta malambos amenizaron nuestras milanesas rellenas y nuestros fideos al pesto.

Para regresar, pasada la medianoche del sábado, decidimos tomar un taxi porque estábamos en el otro extremo del pueblo. Al llegar al hotel nos lo encontramos a oscuras y con las puertas cerradas. El taxista medio en broma nos dijo:”Parece que los dejaron afuera”.

Comenzamos a golpear las puertas pero nadie nos vino a abrir. Crucé hasta una chocolatería que se encontraba enfrente del hotel y llamé por teléfono. Pero nadie respondió mi llamado.

El hotel donde nos alojábamos estaba en obras, pues le estaban agregando nuevas habitaciones. Comencé a rodear al hotel para ver si había luz en alguna pieza. En una de ellas vi a dos hombre charlando, golpeé la ventana y uno de ellos salió. Resultó ser un obrero de la construcción, el cual me indicó una puerta lateral pero que estaba cerrada. Continué recorriendo por fuera el hotel hasta dar con una habitación que estaba a oscuras pero donde pude divisar a dos mujeres durmiendo. Al reconocer a las encargadas por poco les volteo la ventana. Enseguida se levantaron y después de 20 minutos pudimos entrar. Pidieron disculpas por no habernos informado  que después de la medianoche había otra puerta lateral que permanecía abierta toda la noche. A todo esto mi familia quedó muy intranquila.

El hotel Los Ñires, donde parábamos había sido y seguía siendo construido por esos maestros mayores de obra que se las dan de ingenieros. Por ejemplo en su interior presentaba desniveles cuyo único propósito era provocar porrazos al turista desprevenido.

El hotel me hacía acordar al cuento de Los 3 Chanchitos, porque daba la sensación de que cualquier viento fuerte lo iba a tumbar. Tal era la endeblez de sus pisos y paredes que se podía escuchar lo que pasaba con suma precisión en la habitación de al lado o en la de arriba.

En nuestro caso nuestros vecinos se encontraban en el piso superior y en el caso de los chicos se encontraban en el piso inferior. Nosotros por suerte tuvimos unos vecinos muy discretos, pero Matías y Estefanía  tuvieron como vecinos a un matrimonio con un hijo de 6 años bastante inquieto.

Esa noche al regresar de la cena con los Fares les dijimos a los chicos que podían descansar hasta las 10 de la mañana. Era la primera vez en todo el viaje que íbamos a dormir tanto. Mis hijos estaban muy contentos ante esa perspectiva. Pero a las 7 de la mañana comenzó una fuerte discusión entre el matrimonio sumado a cánticos estentóreos del hijo que interrumpieron abruptamente el sueño de los míos. Primero les pidieron silencio, al continuar el griterío les pidieron un poco de respeto. Al no obtener resultados positivos comenzó una discusión a puertas cerradas y de piso a piso entre mi hija Estefanía, que no calla lo que siente y los de abajo que culminó cuando el padre de la criatura conminó a mi hija a dar la cara y ésta le respondió que ella no se rebajaría ante semejante bravuconada.

Cuando Marta supuestamente los fue a despertar, los encontró con los ojos bien abiertos y llenos de furia. Al descender el marido la quiso encarar a Marta, pero mi mujer sabiamente se hizo la desentendida y siguió su rumbo.

En el desayuno no sabíamos como calmar a los chicos, quienes amenazaban con bailarles un malambo la noche siguiente. Lo que menos queríamos era tener otro motivo de conflicto en ese hotel. Por suerte el paseo que realizamos ese día fue tan maravilloso que sirvió para cansar a todos y apaciguar los ánimos.

Ese día  realizamos uno de los paseos más impactantes de todo el viaje y fue otro PUNTO CULMINANTE del mismo.

Teniendo como marco un día despejado, partimos en una camioneta  pasadas las 10 hasta la hostería El Pilar. Nuevamente la tomábamos como base y desde allí comenzamos una caminata por las montañas retornando al Chaltén. La caminata duró algo más de 7 horas y su extensión fue de 17 kilómetros. Nunca habíamos caminado tanto y fue un desafío y a la vez una gran experiencia para todos.

Comenzamos a caminar por un bosque tranquilamente hasta que aparecieron las pendientes. Al principio íbamos despacio, charlando y esperando a los rezagados. Pero pasada la primer hora seguía el bosque y las pendientes parecían no tener fin. Ahí comenzaron los primeros amagues de abandono de parte de los chicos con la complicidad de Marta. Eduardo y yo tuvimos una ardua tarea para convencerlos  y para que se dieran cuenta de que pronto iba a venir lo mejor. Claro que si retornaban los esperaba otra hora de caminata. Lo que no sabíamos es que del otro lado nos faltaban casi 6. Pero este tramo inicial  en subida fue el único que tuvimos tan exigente y el esfuerzo bien valió la pena.

Pronto dejamos el bosque cerrado e hizo su aparición el río Blanco y poco a poco uno tras otro fueron apareciendo el  Guilloumet, el Mermoz, el Fitz Roy, el Poincenot y el Saint-Exupery. (Todos parientes de Sabatiello).

Los tres primeros puntos panorámicos nos mostraron desde distintos ángulos uno de los glaciares del Fitz Roy y de una laguna donde desembocaba dicho glaciar. Toda esta primera  etapa fue de marcha muy lenta y con muchas detenciones, ya sea para descansar o para admirar los distintos paisajes. Luego continuamos nuestra marcha hacia el campamento Poincenot, siempre acompañados por las vistas de estos cerros aunque las estrellas eran el Fitz Roy y el Poincenot . En el campamento descendimos hasta el río para llenar nuestras botellas de agua y luego elegimos un lugar cerca de unos toncos donde nos recostamos e iniciamos nuestro picnic, que duró una hora. La vista, no podía ser mejor, fue el punto donde tuvimos más de cerca al Fitz Roy. Imponente, majestuoso, sin ninguna nube, nos quedamos en silencio contemplándolo y disfrutándolo. Lo teníamos solo para nosotros. Sin duda fue un picnic de domingo muy especial. 

Cerca de las tres de la tarde continuamos la senda con destino a la laguna Capri, nuestra próxima etapa. Aquí el paisaje cambió totalmente. Salimos del bosque y aparecimos en un gran llano como si hubiese aterrizado un OVNI . En este tramo comenzaron a aparecer los riachos y algunos puentes de madera de no fácil tránsito. Los chicos se divertían haciendo equilibrio entre las rocas y los troncos y estaban a la expectativa de que algún adulto apoyara mal el pie y se mojara hasta las rodillas. Por supuesto que les dimos el gusto, lo cual demoró aún más la marcha.

El último contacto con el Fitz Roy lo tomamos en la laguna Capri donde nos quedamos otra media hora. A esta altura habíamos ascendido a una considerable altitud y a partir de aquí comenzó nuestro descenso. Hizo su irrupción el camino de cornisa, no apto para aquellos que padecen de vértigo. Nuevos puntos panorámicos nos permitieron ver desde una gran altura el cañón que forma el río de las Vueltas y a lo lejos y en dirección contraria el lago Viedma. Por momentos caminábamos al lado de enormes rocas que impresionaban bastante.

Fue tal la variedad de paisajes que todos quedamos muy satisfechos y las quejas del principio quedaron en el olvido, sepultadas ante tanta magnificencia.

Las piernas y los pies sintieron el esfuerzo al que  fueron sometidos. Luego de descansar un par de horas la cita fue en el restaurante Fueguia donde los corderos rellenos y las truchas deleitaron nuestros paladares.

El lunes amaneció lluvioso lo cual no impidió que prosiguiéramos con nuestros paseos. Como de costumbre nos instalamos en la hostería El Pilar y aquí nos dividimos en tres grupos. Marta y Gabriela que habían quedado muy cansadas de la extenuante jornada anterior decidieron permanecer en la hostería ocuparse del almuerzo y ver el movimiento turístico de la misma. Matías y Estefanía realizaron una cabalgata que los llevó a atravesar toda una laguna a caballo. Eduardo y yo realizamos una caminata de casi 4 horas de duración (ida y vuelta) hasta  Piedra del Fraile.

Decidimos hacer este paseo pues presentaba un camino llano sin pendientes, ya  que no estábamos para nuevos ascensos. El comienzo no pudo ser peor. A los diez minutos de iniciada la marcha nos perdimos el uno del otro. Por suerte preguntando a los caminantes que venían en dirección contraria nos pudimos ubicar. El camino va bordeando el río Eléctrico, que como su nombre lo indica parece cargado de electricidad por su furia. Presenta muchos rápidos y pequeños saltos. El camino va casi siempre por dentro de un bosque. Piedra del Fraile es un camping bastante completo con cabañas, duchas y comedor. Desde aquí parten los escaladores para encarar los cerros más importantes de la zona. Había un grupo de italianos que hacía un mes que allí se alojaban pues estaban trazando una senda en el cerro de Agostini.

Aquí es muy común encontrarse con extranjeros que se toman un año sabático y se pasan recorriendo el mundo los 360 días del año. Estuvimos charlando con un alemán y un norteamericano que hacía más de 11 meses que se habían ausentado de sus hogares.

Tanto nosotros como los chicos volvimos empapados y transpirados de nuestros respectivos paseos. Por suerte las empanadas de guanaco y las milanesas a la napolitana que eligieron nuestras esposas como menú nos permitieron recomponernos de la mojadura y recuperar las proteínas dejadas en el camino.

Todos estos paseos nos hicieron dar cuenta de que no estábamos ni vestidos ni calzados adecuadamente para semejantes caminatas. Es fundamental tener un calzado cómodo y totalmente impermeable. Los pantalones típicos de jogging se te llenan de abrojos. Conviene un chaleco abrigado a un buzo. Muchas veces las camperas que uno cree impermeables no lo son. Hay que tener mucho cuidado con esto. Es preferible usar esas camisas que absorben la transpiración y se secan rápido a las consabidas t-shirts.

Finalmente a las 6 de la tarde los Giraldo tomamos el micro de regreso a El Calafate, mientras que los Fares nos despedían con un dejo de nostalgia.