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CAPÍTULO 1

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Patagonia Primera Parte

 

Como el viaje de ida a Trelew  fue un poco agotador y como ya en  1994 habíamos visitado la Península de Valdés con mi familia, decidimos tomarnos un día de descanso e ir a la playa teniendo en cuenta que todavía nos quedaba un largo trecho para recorrer. Ya me habían dicho en la agencia que este viaje no era para descansar sino para conocer. Y así fue.

Ante la perspectiva de levantarnos a las 6 de la mañana y transitar más de 400 kilómetros, decidimos quedarnos un poco en la cama y aprovechar el buen tiempo que hacía en esos días por Chubut.

La idea era ir primero a Pirámides para luego regresar visitando alguna otra playa de la península y terminar en Puerto Madryn visitando el centro Oceanográfico. Pero la Patagonia te depara muchas sorpresas y de Puerto pirámides no nos movimos y fue ahí donde vivimos el PRIMER MOMENTO CULMINANTE DEL VIAJE.

Llegamos en un auto alquilado a Pirámides cerca de las 11:30. el día no se podía presentar mejor, soleado, y con casi 30 grados. De cabeza a la playa. Allí nos instalamos en la arena en una playa tranquila donde el vecino más cerca estaba a más de 50 o 70 metros. Nada que ver con las imágenes que en ese entonces mostraban los diarios de las playas bonaerenses.

Pirámides es una playa de aguas tranquilas, casi una pileta. Totalmente opuesta a Playa Unión donde nos habíamos bañado el día anterior con algunos otros miembros del tour cuando hicimos la visita a Rawson y Gayman.

Pirámides es lisa y de aguas transparentes donde podés ver los peces que pasan cerca tuyo. Podés caminar un largo rato hacia adentro porque tiene poco  declive. Después de 2 horas de playa y varios baños de mar nos dirigimos en traje de baño a un restaurante que nos había  tentando con su plato del día (vieyras gratinadas).

El restaurante, todo de madera y decorado con motivos marinos, parecía más del Caribe que de la Patagonia. Comimos opíparamente las exquisitas vieyras y ni les cuento el tamaño de los camarones que comió mi hija. Luego del almuerzo mi esposa quería comenzar el regreso, pero mi hijo más chico quería su cuota de adrenalina.

Yo a esta altura de mi vida no estoy para buceo, pero el snorkeling lo veía como una oferta tentadora y a su vez satisfactoria para Matías. Como casi todas las excursiones eran para bucear, pregunté quien hacía snorkeling. Me indicaron 2 lugares. En uno de ellos me dijeron que nos llevarían a pasear para hacer avistajes de pájaros y de lobos marinos y después el paseo terminaba con snorkeling. También me dijeron de la posibilidad de ver algún delfín pues por la mañana se habían visto algunos, pero que no nos prometían nada.

Mi señora, que no es muy adepta a las navegaciones, decidió ser de la partida.

Comenzó la navegación y vimos desde lejos algunos lobos marinos. De pronto el barco cambia de rumbo y se dirije raudamente hacia alta mar. Habían divisado los consabidos delfines. Que les cuento que en poco tiempo nos vimos rodeados por un cardumen de delfines. Más de 130. Era impresionante, no sabíamos para donde mirar. Había algunos que corrían carreras por delante de la embarcación y cuando la superaban pegaban unos saltos de más de 4 metros. Había otros que corrían por los costados de la embarcación y estaba el resto a los costados saltando y divirtiéndose. DE pronto, el capitán decía “hay actividad a la derecha” y todos corríamos hacia la derecha a ver que sucedía.

Había algunos que se zambullían y salían un montón de veces, los otros daban varias mortales en el aire antes de zambullirse. De pronto eran 4 o 5 que saltaban al unísono y además siempre los que seguían corriendo carreras al barco. INOLVIDABLE E INESPERADO. Después de disfrutar por 20 minutos nos dirijimos a la lobería donde el barco se aproximó bastante y como en una platea privilegiada pudimos observar todos sus movimientos.

Luego vino la parte del snorkeling. Desde un tobogán que partía del techo de la embarcación nos zambullimos al agua y desde allí pudimos observar por unos minutos el fondo de ese mar tan transparente.

Al regresar a Pirámides fuimos al taller de un artista plástica que desde hace algún tiempo está radicada allí. Su técnica es muy especial. Pinta con algas que recolecta en las playas del lugar. Con el agar que poseen las algas, éstas se adhieren a la tela y con un pincel las va acomodando y dándoles forma. Eran muy interesantes sus perfiles de equinos.

Ya eran las 7 de la tarde y no tuvimos más remedio que regresar a Trelew, eso sí, reteniendo en nuestras retinas ese formidable ballet acuático que nos ofrecieron los delfines.