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ANÉCDOTA PATIO ESQUIU

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 HORACIO MARTINEZ QUINTANA

1ra Parte

Noviembre, 26 2010

El reciente Pijama Party, con su recorrida por lugares entrañables y el reencuentro con queridos amigos en ese marco, dio la posibilidad de evocar personas, situaciones y anécdotas de otros años y otros tiempos, en los cuales el querido patio Esquiu no se veía decadente y descuidado como lamentablemente lo encontramos ahora, sino reluciente, y bullente de vida, representada por los cadetes que llenaban las divisiones donde pasábamos buena parte del día.
Como yo en esos tiempos vivía en estado de rebelión permanente contra la disciplina del Liceo, era habitual que cosechase abundante cantidad de sanciones, que me tenían siempre cerca del límite, hasta que a fin de ese año, durante la campaña, pase holgadamente el límite. Pero esa es otra historia.
Un recuerdo que surgió, caminando por el desastrado Patio Esquiu con Alejandro Blasco el sábado 20 fue el siguiente.
Por razones que no conseguimos acordarnos, ambos habíamos cosechado varias sanciones en el ámbito escolar del patio esquiu.
Esas sanciones significarían futuros fines de semana arrestados.
Como éramos, podríamos decir "clientes frecuentes" del sistema disciplinario liceistico, teníamos una idea bastante detallada del procedimiento administrativo de las sanciones.
El soporte físico de la sanción se llamaba "Planilla de Castigo", y era un formulario que tenía un formato apaisado, que seguramente todos recuerdan, donde constaban datos personales del "beneficiario" , fecha y hora, breve relato de los hechos y finalmente los días de arresto correspondientes a los mismos.
En el caso de planillas confeccionadas en el Patio, estas se acumulaban en un cajón cerrado con llave en la regencia de estudios, y creo acordarme que eran elevadas, para hacerse efectivas, en forma semanal.
Las sanciones de que hablamos en cuestión fueron hechas a principio de semana. Esa favorable circunstancia nos daba dos o tres días para intentar buscar una "solución".
Aquí vale hacer una acotación al margen. Que yo recuerde la corrupción no era una opción en el circuito de sanciones. El "cómo podemos arreglar esto?" no existía en aquellos tiempos en el Liceo.
Planteado el problema de cómo escapar al resultado de nuestras "inocentes picardías" la conclusión era evidente.
La única opción era ganar acceso al cajón en cuestión y hacerse con las planillas. Y destruirlas. La famosa solución final.
fin de primera parte

 

2da Parte

Noviembre 17, 2010

La solución final no era tarea fácil.
Analizamos el tema en detalle y la conclusión, luego de las correspondientes tareas de observación y vigilancia, fue que durante el día y en horarios de clase la operación era excesivamente riesgosa.
La única alternativa era operar al amparo de la oscuridad nocturna, ámbito natural de los golpes de mano "non sanctos".
Esta condición generaba, a su vez, nuevos problemas.
Había que ganar acceso al Patio, luego a la oficina y finalmente al Cajón.
Y había que salir de la compañía a altas horas de la noche e ir hasta el Patio, realizar la operación y volver a la compañía sin alertar a imaginarias, centinelas, etc.
Mentiría si dijera que recuerdo cada detalle, después de tantos años y alemán mediante.
Pero el problema fue solucionado, parte por parte.
Recuerdo que un tema central era que las cerraduras no debían ser forzadas, pues eso alertaría a las autoridades e invalidaría la operación.
Por lo que supongo que, o bien sustrajimos alguna copia, y/o improvisamos ganzúas.
Una noche decidimos que era entonces o nunca, y nos acostamos, pero sin dormirnos (la famosa vigilia de las armas, Jaja!), esperando que se aquietasen los movimientos de oficiales y cadetes de años superiores para comenzar la operación.
Creo que los detalles operacionales tales como planificación minuciosa, reglas de desplazamiento nocturno, comunicación por señas, etc., prueban que pese a las habituales malas notas en las materias militares del boletín, la esencia de la operación y ejecución de las operaciones militares tipo comando, estaba bien asimilada por nosotros.
Visto retrospectivamente parece imposible que hubiésemos tenido éxito en ese descabellado emprendimiento, pero sin embargo fue así.
Salimos y entramos de la compañía, nos desplazamos hasta el Patio, ganamos acceso a la oficina, y finalmente al odiado Cajón!!
Y Oh satisfacción: finalmente allí estaban las planillas, a nuestra disposición.
Nos llevamos las nuestras y alguna más, de yapa. Me parece recordar que uno de los beneficiados fue Lalo Buzzoni,
Cuando íbamos a destruir las planillas Alejandro tuvo una genial idea.
Para demostrar cabalmente nuestra opinión sobre el sistema disciplinario, la mera y sencilla destrucción era poca cosa. Un final opaco para una operación brillante.
Y las planillas eran de papel….
Así como el papel tiene nobles misiones, tales como dar materialidad y permanencia al Martín Fierro o a los poemas de Góngora, tiene también, podríamos decir que en el otro extremo, funciones indispensables, pero asquerosas.
Así fue el muy adecuado destino final de esas planillas de castigo, que pese a cierta dureza, aun después de ser debidamente abolladas, brindaron un momento de inolvidable e higiénico placer a los causantes.
Y la anécdota tuvo final feliz, ya que no hubo consecuencias de nuestra acción.